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jueves, 21 de marzo de 2013

No estás deprimido, estás distraído (Facundo Cabral)


“Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan a la vida”
~Facundo Cabral

Facundo Cabral nació en la calle y tuvo una infancia marginal y muy pobre, dura, desgarradora y a la vez emocionante, porque un día su miseria le hizo despertar y tres décadas después se convertiría en un cantautor de éxito internacional que llegó a los corazones de incontables personas. Fue poeta y filósofo, perdió a su mujer y a su hija en un accidente de avión, aprendió de las desgracias de su vida y lo contó en sus canciones y sus escritos. El más conocido es el que hoy quiero compartir. Ahí va sólo una pequeña parte, en su voz; merece la pena leerlo o escucharlo entero, pero creo que lo que va es una buena muestra de palabras sabias de quien superó tragedias, y que como toda Sabiduría, hable en clave cristiana, budista, hinduista, en todas o en ninguna de ellas, dice: “vive, aquí y ahora, ama lo que te rodea, ama la Vida."


NOTA: Comparto muchas de sus palabras y creo que sin duda la solución a una depresión pasa por establecerse en el momento presente y recuperar la capacidad de asombro ante la magia de la vida, pero a veces poder llegar al presente no es fácil con una química alterada en el cerebro, y eso puede ocurrir con una depresión. La noche oscura del alma siempre es una oportunidad de cambio y una invitación a la Belleza de la Vida, pero a veces, es necesaria ayuda en forma de yoga, meditacion, psicoterapia o medicina durante un tiempo... el que tardemos en poder volver a casa, al Presente.


lunes, 10 de septiembre de 2012

Amigo Toro


Algún día, cuando todos los humanos recuperemos la capacidad de escuchar a nuestros corazones, recuperaremos nuestra integridad y el mundo será diferente.
Esta es la historia de un hombre que escuchó a su corazón y salvó a un toro que hoy, como puede suceder con cualquier animal, se ha convertido en su amigo fiel, en su compañero:



Siempre he pensado que el día que todos tengamos la capacidad de mirar a los ojos a un animal y comprender la vida en su mirada, es que todo lo demás irá bien. Sueño con el día que comprendamos que somos parte de la Tierra y no sus dueños, y tratemos con respeto a la Vida en cualquiera de sus manifestaciones. No es un sueño tan inalcanzable, porque eso ya sucedió. Ya fuimos así. Sólo se nos olvidó.
Por último, añadir que hace años que soy vegetariana por mil razones, pero entre ellas fue decisiva la respuesta a una pregunta que me hice a mí misma: ¿qué diferencia hay entre mi perro y un cerdo, o una vaca? ¿dónde pongo el límite de inteligencia para comerme a unos sí y otros no? Decidí no comerme ninguno. No pretendo convencer a nadie, ni lo he hecho nunca; razones y justificaciones (morales, éticas, ecológicas, sanitarias y de todo tipo) para el vegetarianismo podéis encontrar muchas en cualquier web dedicada al tema. Sí, en cambio, hablo de mi experiencia personal, y puedo contar que duermo fenomenal, no me cojo un catarro desde hace tres años y que mi corazón late tranquilo. Eso es todo. Para mí es mucho.


(video subido por zthae via Centro Nagual)

sábado, 27 de agosto de 2011

Recuperando a Bach

Hace poco vinieron a casa unos amigos con su hijo de dos años. Mientras él jugaba muy entretenido con unas maravillosas cajas vacías convertidas en universos enteros, los “adultos” charlábamos tranquilamente. Se me ocurrió poner algo de música y elegí a Bach. Dejé la música muy bajita sólo para que acompañara el ambiente. En cuanto empezó a sonar, el niño dejó sus cajas y vino corriendo hacia donde estaba la cadena. Se plantó delante de ella y simplemente, empezó a bailar. Nos miraba de vez en cuando con una sonrisa en la cara, pero seguía vuelto hacia el objeto de su fascinación, hacia el lugar de donde provenía la música.
Muy probablemente dentro de un tiempo las cajas ya no serán universos, sólo cajas vacías. Y Bach será “un rollo”. A eso le llamamos “etiquetar”. Así funcionamos. Poco  a poco vamos limitando objetos, personas, situaciones vividas. Vamos restringiendo nuestra visión, y perdiendo posibilidades, a la par que creamos redes neuronales cada vez más fijas. ¿Sabías que un bebé nace con 100.000 millones de neuronas? En ese momento, cualquier cosa es posible, ya que no habrá redes sólidas entre ellas que se impongan a otras. A medida que las vaya creando, las posibilidades se irán reduciendo. Por ejemplo: un bebé de 6 meses es capaz de distinguir entre las caras de monos que a nosotros nos parecen idénticos a través de fotografías. A los 9 meses ya no será capaz, porque se acostumbrará a ver adultos humanos, y su cerebro desechará una habilidad que no le es útil (*). Michelle de Haan, del University College de Londres dijo al respecto:”Generalmente, pensamos en el desarrollo como ganar habilidades, de modo que es sorprendente que los bebés pierdan ciertas capacidades a medida que crecen.” Pero así es. Lo mismo ocurre con nuestra capacidad de escucha, por ejemplo. Y sigue ocurriendo como adultos, a medida que etiquetamos cosas como no importantes, no válidas, imposibles, inútiles, aburridas y un largo etcétera. Simplemente con poner nombre a las cosas, dejamos de ver las cosas para ver los nombres.
Sin embargo todo este proceso es necesario para desenvolvernos en el mundo, la experiencia y su volcado en lenguaje abstracto son necesarios para poder tomar decisiones cada vez más complejas y centrarnos con rapidez. Pero una vez más, estamos ante una herramienta que ha de servirnos y no dirigir nuestra vida. Si perdemos toda nuestra inocencia, si damos por hecho que las cosas son como las llamamos, el mundo se irá haciendo cada vez más pequeño, más oscuro y más aburrido, levantaremos murallas cada vez más altas y nos obligaremos a recorrer nuestras vidas a través de estrechos pasillos... y pensaremos que ese laberinto que nos hemos inventado es la realidad. Haríamos bien en revisar nuestras etiquetas, atrevernos a retirarlas por un instante y volver a mirar, volver a experimentar como si no supiésemos cómo son las cosas. A poco que nos pongamos a ello dejaremos que la vida pueda brillar en un espacio más grande. Mirar con una perspectiva nueva, y más amplia, es todo un reto para el ego, que se identifica con las creencias pasadas y se aferra a su seguridad, pero no hay nada más sanador y bello que levantarse por la mañana y proponerse descubrir algo nuevo en lo conocido. Si lo haces, verás la magia crecer en tu vida, y a la vida crecer en la magia.
Y para empezar a practicar, tal vez puedas ir al trabajo por un camino diferente, apagar la tele para disfrutar del sabor de la comida con los ojos cerrados, sentir la vida en tu cuerpo por un instante, quedarte quieto y comprobar que esa misma vida late por todas partes. Introduce pequeñas novedades y ellas serán las maestras que te enseñen a mirar para ver realmente la grandeza de lo que observas.
Yo, aquí y ahora, te invito a cerrar los ojos y escuchar este concierto como si no supieras lo que es un violín :)
Vídeo subido por Classical music only
*experimento realizado en la Universidad de Sheffield (South Yorkshire, GB) dirigido por Olivier Pascalis.

viernes, 7 de enero de 2011

Oportunidades

Ocurre que cuando vivimos el presente y permanecemos atentos, empezamos a ver oportunidades que de otra forma, probablemente nos hubiesen pasado desapercibidas. Ocurre que al observar una oportunidad sabremos que es nuestra con todo nuestro cuerpo, sin atisbo de duda en la mente, con el alma tan clara como nunca. ¿Lo has sentido alguna vez? Estabas en el presente, plenamente por ese instante  y sabías que eso era para ti.
Ahora bien, ¿cuánto duró ese instante antes de que la mente se pusiera a dar vueltas, a generar dudas, a huir del "aquí y ahora"? Tus inseguridades inconscientes están ahí, y hacen bien, debes escucharlas, conocerlas y solucionarlas, para que la próxima vez permanezcas en el presente el tiempo suficiente como para dar el paso que la oportunidad requiere, y actuar en consecuencia con lo que realmente quieres. 
Dar el paso hacia la oportunidad te hará salir de tu zona de confort. Salir de tu zona de confort te obligará a observarte a ti mismo de una forma diferente. Vuelvas o no con las manos llenas de aquello que pensabas, te habrás conocido más, te habrás llenado de ti. Eso es bueno. Siempre.
Esta es la historia de Ross Viner, fan de Sting. Ross quería ser actor. Se enteró de que Sting en sus conciertos ese año estaba sacando a gente al escenario a cantar la canción  “I´m so happy I can´t stop crying” (“Estoy tan feliz que no puedo dejar de llorar”), vio su oportunidad de cumplir un doble sueño, decidió dar el paso y  se fue al siguiente concierto de la gira con su pancarta “I´m so happy I could Sing” (“Estoy tan feliz que podría cantar”). Y ocurrió: salió, cantó y se ganó a la gente (aunque Sting no le firmó la pancarta :). Ahora este vídeo tan divertido, que se emitió por televisión, forma parte de su currículum artístico:

martes, 23 de noviembre de 2010

Lazos

Caminaban de la mano por el sendero que conducía a su casa. El sol se ponía en el horizonte, pero ella caminaba mirando sus pies, y los de él. De vez en cuando cerraba los ojos. Intentaba sentir su presencia una vez más. Quería sentirle sólo a él, ni cielo, ni bosque, ni luz, ni aves construyendo nidos. Sólo a él.
Intentaba memorizar por siempre su alma, el tacto de su mano y la ternura con que la agarraba. Llevaban un rato en silencio, él tampoco hablaba. Ella no quería pensar en qué pensaba. Sólo quería sentirle.
Llegaron a la valla que da entrada a su jardín. Las rosas resplandecían con destellos anaranjados por la luz de un sol que poco a poco iba cediendo su puesto a la noche. Él se volvió hacia ella, y sus miradas se encontraron. Vio el brillo de unos ojos que intentaban observar su alma. Vio el amor por un instante pasar a través de sus pupilas.
Entonces, él habló:
-        Vente conmigo.
Ella guardó silencio y volvió a mirar sus pies, ahora enfrentados. "Guardar. Memorizar momentos para poder recordar"
-        Vente conmigo, nada te ata aquí, ¿no quieres intentarlo? ¿no crees que ya es hora?
Sus sombras alargadas se recortaban en el suelo para solaparse al final dando lugar a una extraña figura. Extraña. Como aquella relación.
Él cogió suavemente su barbilla y elevó su cara hasta volver a encontrar su mirada.
-        Adiós, mi amor, escríbeme, cuéntame qué tal se vive al otro lado del océano.
Él se llevó las manos al pecho en un intento de protegerse de las palabras de ella que, como puñales, se habían ido clavando, una puñalada por palabra
-        ¿Por qué no vienes? ¿Por qué? ¿Qué tengo que hacer?
Ella intentaba memorizar el tono desesperado de su voz.
-        Porque es demasiado amor, demasiado dolor. – contestó. Le dio un beso en la mejilla y se dispuso a entrar en el jardín, se volvió hacia él y cerró la valla -  escríbeme, espero que todo vaya muy bien-
Él la miró alejarse. Se puso su sombrero y cambiando el bastón de mano, emprendió el camino de regreso, con pasos que arrastraban tantos recuerdos que ya apenas podían con ellos. Al día siguiente zarparía sabiendo que este viaje no tendría ya pasaje de vuelta.
Ella entro en la casa y cerró la puerta. Se sentó en la mesa de la cocina y comenzó a llorar. Cubrió su rostro con sus manos huesudas, desgastadas de tanto trabajar, mientras las lágrimas iban llenando los surcos de unas arrugas que podrían contar miles de historias de toda una vida, pero que jamás escribirían el epílogo de un amor tan grande que si lo tocaba, la llenaría hasta que nada más importase, hasta que nada de lo que fue cupiese en ella. Ella quería seguir teniendo su vida, sus recuerdos, sus manías, sus alegrías y sus penas. Demasiada vida vivida para olvidarla ahora. Simplemente, no quería dejar de existir. No sabía que la verdadera existencia, empieza precisamente ahí, cuando te disuelves en algo mucho más grande que tú.
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